Evaristo Cultural: Tanto en Ritos de cabaret como en La biografía difusa de Sombra Castañeda hay una reminiscencia africana en varios personajes. ¿Cuánto de la cultura africana sobrevive hoy día en Santo Domingo?
Marcio Veloz Maggiolo: En la isla de Santo Domingo se inicia la esclavitud en América. En 1511, Fernando el Católico autoriza el uso de esclavos y es a partir de ahí que aparece la presencia del negro y que se prolonga a lo largo del tiempo y al día de hoy se refuerza con la presencia africana en Haití, pueblo fronterizo con nosotros. De modo que hay una base negra, africana, de varios grupos tribales que estuvo siempre y está aún vigente en la vida cultural dominicana. Durante algún tiempo, lo negro fue ocultado, pero a partir de la muerte de Trujillo que, como usted sabe, hizo una matanza de negros muy importante en la frontera. A partir de ese momento, la literatura dominicana va hacia una visión del negro que no es folklórica, sino crítica, que la nueva literatura está a veces tan fuerte y tan vital como en el caso de la literatura haitiana, que es la contrapartida realmente negra de la isla.
Dividida la isla en dos, en dos espacios de los cuales uno fue siempre hispánico, porque en un comienzo la totalidad de la isla era hispánica hasta que Francia se apropia del occidente y trae el proceso esclavista del azúcar, la sacarocracia, y entonces el africano pasa a ser un poder político muy importante hasta que llega la rebelión de 1795 y se proclama, en 1804, a Haití como república, mucho antes que otras repúblicas latinoamericanas, nuestra república negra en la cual Bolívar, por ejemplo, encontró grandes promesas; todo el mundo antillano está en Carpentier y en otros autores muy repetidos.

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Ritos de cabaret |
Ritos de Cabaret, novela ambientada en Villa Francisca, un barrio de la capital dominicana, nos traslada a la vida tumultuosa y mágica de Santo Domingo durante los últimos años de la dictadura de Trujillo. Cuenta la historia de Papo Torres, que decide retornar a su pasado en busca de viejos amores ya gastados. Este intento de recuperación de su vida pasada produce en su hijo primero el rechazo, aunque acabará aceptándola gracias al cabaret y la música. La tradición, la historia y la leyenda antillana bullen en estas memorias que reinventan lo vivido.
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¿Qué me puede decir del misticismo negro? En La biografía difusa de Sombra Castañeda aparece un misticismo que no sé si es literario o histórico.
No es literario. En Santo Domingo, por ejemplo, la presencia del vudú es una realidad. Por el contacto durante tres siglos, entre los grupos de esclavos que hoy es Haití, y los grupos dominicanos que asimilaron en gran parte esas tradiciones. Es un proceso histórico muy interesante porque hay un momento en que la parte oriental de la isla tenía una dispersión muy grande de población y el elemento popular captó en cada lugar aquello que para ellos era fundamental, su realidad esotérica. Nosotros tenemos hoy un vudú dominicano muy fuerte, hay un estudio de Carlos Esteban Deive –Vudú, imagen y Santo Domingo– que incluso analiza el fenómeno del vuduismo en cada una de nuestras tribus. Desde luego, en la poesía y en la literatura dominicana está presente este misticismo, no como un fenómeno de carácter folklórico, sino como una realidad.
¿Usted, como antropólogo, alguna vez abordó este tema o sólo lo hizo desde la literatura?
Hay un libro mío titulado Sobre la cultura dominicana y otras culturas donde lo abordo. También en otro libro que escribí sobre mestizaje abordé el tema en varias publicaciones y también en reiteradas oportunidades como conferencista, pero no soy un especialista en ese campo. Simplemente puedo analizar los elementos típicamente dominicanos dentro de esa religiosidad. Literariamente, abordo esa realidad en la última parte de mi obra, en la que narro la vida en la isla posterior a la muerte de Trujillo.
Hablemos de la figura de Trujillo. ¿Cómo marca su historia personal?
Trujillo era nieto de haitianos, aunque él abordó el tema de la hispanidad como un tema ideológico. Como nosotros nos liberamos de Haití en 1844, porque, no sé si sabes que luego de la revolución haitiana, la parte occidental se unificó con un presidente BOUYAER y la invasión vino desde Haití durante 22 años. Entonces, es evidente que hay un sustrato también dominicano que tiene una recurrencia contraria al pueblo haitiano, casi de orden pasional yo diría. El choque entre la cultura haitiana y la comunidad dominicana, que era una sociedad mulata donde el elemento religioso predominante era el católico, impuesto por la iglesia que tenía dominado todo ese territorio que era la parte fronteriza. Además, hay que hablar de la mezcla fronteriza que nosotros llamamos el rayano, habitadas por dominicanos haitianos o haitianos dominicanos, gente que maneja los dos esquemas de valores. Esta frontera es una zona inexplorada que recién en los últimos años ha comenzado a reconocerse. El poeta Manuel Rueda tiene un admirable estudio poético titulado “El rayano” y yo mismo en la novela El hombre del acordeón tomo el elemento rayano como un elemento fundamental de una cultura intermedia que posee muchos valores y que estamos descubriendo recién desde hace treinta, cuarenta años.

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El hombre del acordeón |
El merengue ha sido la música épica de la República Dominicana y sus intérpretes los cantores de la vida rural. El hombre del acordeón, en donde la poesía es una parte importante de la narración, nos introduce en el mundo mágico de la frontera que, a la vez que separa, une Haití con la República Dominicana, única isla con dos repúblicas en su seno y espacio de intercambio vital, en el que los llamados rayanos comparten dos culturas, dos creencias, dos modelos de vida. Entre el misterio brutal y lúdico de las galleras, de las creencias haitianas y dominicanas, el hombre de los merengues, personaje del recuerdo, vive la ruralidad mágica y política común a los años iniciales del siglo XX, momento en el que el músico merenguero, dios del acordeón según sus seguidores, inicia su combate musical contra la dictadura que una vez apoyó y contra el dictador al que enseñó a bailar merengues.
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Volviendo al tema de Trujillo, ¿usted pasó su infancia y juventud bajo su mandato?
Yo viví la era de Trujillo, porque yo nací en 1936 y Trujillo llegó al poder en el 30. Lo matan recién en 1961. Imagínese, para ese entonces yo ya era un joven. Yo tengo un libro que se llama Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas, donde relato mis experiencias de barrio. Es un libro grueso en que la cotidianidad es un elemento clave, porque la era de Trujillo nos impactó no sólo políticamente, sino que nuestra cotidianidad, los valores dominicanos, fueron subvertidos. La dictadura se fue convirtiendo cada vez en algo más sesgado, donde todo debía ser consultado con el régimen. De manera tal que el dominicano tenía miedo, en muchas ocasiones, de hablar con sus propios familiares, por ejemplo. De modo que Trujillo conformó, en parte, el ethos dominicano. Había frases o refranes, como por ejemplo: “Ésto es un gancho”, que quiere decir “esto es una trampa que tú me estás tendiendo para delatarme con el régimen”. Había un psiquiatra dominicano que sostenía que nosotros, los dominicanos, teníamos el complejo del gancho, y lo mantuvimos aún después de muerto Trujillo y la caída del régimen, porque no confiábamos en nadie.
Teníamos que ir a los desfiles militares, a las fiestas del Partido Único, en las escuelas teníamos que cantar el himno del partido, teníamos que cantar las loas al generalísimo… Era una sociedad completamente adocenada, en la cual todos los elementos de la oposición eran muy fuertemente reprimidos, llegando, incluso, al asesinato en muchísimos casos. Hasta las mujeres eran asesinadas. Cotidianamente había un amigo que desaparecía; ésa fue la era Trujillo, pero Trujillo era vuduísta, aunque lo escondía. Su abuela era hija de haitianos y muchos de sus asesores ejercían o estaban casados con mujeres que ejercían el vudú. Trujillo adoptó el fenómeno del vuduísmo. Muchos de nuestros libertadores, próceres y dictadores creyeron en el vudú. Es una verdadera religión; tiene sus ritos, sus sacerdotes, sus creencias, sus dioses, sus intermediarios. Por eso el vudú quedó hasta el día de hoy. En las islas –en Cuba, en Santo Domingo– el vudú tiene incluso una base católica. El africano tomaba la imagen de un santo católico y la vestía como un santo africano, o viceversa. En Santo Domingo es imposible pensar ahora que catolicismo y vuduísmo son dos religiones diferentes. En general la gente practica ambas, por si acaso.
Recién me decía que su barrio era Villa Francisca, escenario de varias de sus novelas. ¿Cuánto hay de memoria y cuánto de construcción literaria en ese escenario?
Es una memoria en parte, porque también el artista tiene que crear. La memoria verdadera está dada en ese libro Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas, que es donde revelo las características del barrio, pero en mis novelas, aunque es recurrente, la historia de Villa Francisca tiene un elemento faulkneriano, yo diría, como también lo hizo Durrell con su Alejandría, porque un barrio siempre tiene muchos elementos diferentes. Es la gente, es el paisaje, es un perfume, mientras quedan restos del barrio en la mente del escritor, el escritor puede usarlos y no se va a repetir. En ninguna de mis novelas se repite el barrio como un escenario permanente. Se repite el escenario pero tomado desde diversos lugares como una forma estética.

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La mosca soldado |
Cuarenta años después de lo ocurrido en una investigación arqueológica en donde se revelaron algunos hechos que los antropólogos nunca se atrevieron a narrar, dos supervivientes de la aventura deciden rememorar la historia de un personaje del siglo X de nuestra era, aprovechando, dentro de los recuerdos del ámbito casi mágico en el que trabajaron, el surgimiento de una biografía que, vencido el miedo a decir la verdad, emerge como parte de la evocación, cuando ya los actores han desaparecido y sólo quedan la memoria, las huellas del mito y los recuerdos. La reconstrucción o creación de un pasado y de la locura de amor creciente que envuelve a los narradores sirve para que el autor nos hable de una historia que, nacida en el siglo X, parece repetirse como una leyenda. La mosca soldado, escrita en un delirante lenguaje poético, reconstruye un tiempo misterioso, en el que los dioses, las tradiciones dominicanas y el ser humano acuden a defender su integridad mítica. La lucha entre el mito y la memoria sella esta obra magistral.
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¿Los personajes de Ritos de cabaret?
Son imaginarios, aunque hay algunos como, por ejemplo, el general de la guerra brasileño que nunca había oído un disparo, que es un personaje histórico. Lo tenían en un hotel enseñando estrategias y es el que encabezaba la tropa. Los americanos tomaron de cada paisito un par de soldados y construyeron, así, un cuerpo de paz. Ese señor era el director de la fuerza de paz. Era un fantasma, un fantoche, un burócrata. En Ritos de cabaret mi enfoque viene del absurdo, más aún en mi novela Los ángeles de hueso, el absurdo es un punto clave, y hay personajes históricos que lamentablemente refuerzan ese absurdo.
En La biografía difusa de Sombra Castañeda muchos de sus personajes junto con el protagonista nacen en 1936, el año de su nacimiento.
Ahora que me lo dices, no me había dado cuenta (se ríe). Evidentemente, para mí es un momento clave, el momento de la inocencia del recién nacido. Es un emerger inocente dentro de la dictadura. En esa novela también hay elementos que son parte del pasado colonial, como el indio Miguel con su pene; o parte del pasado haitiano. También hay una parte mágica que está dada por el chamán con sus mujeres enfermas de una enfermedad de las gallinas. La novela también participa del absurdo, porque la historia dominicana a mí me parece absurda. Que un presidente dominicano sea descendiente de haitianos y se dedique en su presidencia a aniquilarnos es una de esas contradicciones que sólo se dan en el Caribe donde, según García Márquez, nace el mundo de lo absurdo, el mundo de la absurdidad.

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La biografía difusa de Sombra Castañeda |
La voz de un presidente títere que despide el cadáver del dictador Trujillo penetra el sueño de un moribundo que, asediado por un delirium tremens final, inventará a su modo la disolución de la dictadura. La novela recoge la historia simbólica de Santo Domingo, sus leyendas, sus mestizajes, las relaciones rituales dominicanas y haitianas y el trayecto de una dictadura que se deshace lentamente y se diluye en la palabra y la poesía. En esta novela de Veloz Maggiolo mito e historia se aúnan.
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En La biografía difusa de Sombra Castañeda usted incluso inventa un lenguaje.
Así es. Hay un lenguaje inventado que se mestiza con los “nativismos” y se basan más en la fonética que en la realidad. El personaje central es Trujillo, esa sombra del título es Trujillo que después de muerto quiere continuar su dictadura. La sombra lo que busca son afiliados a su manera de ser. Pretende fundar un gobierno de la sombra sumando voluntades haitianas y dominicanas. Es una novela muy simbólica, sobre cómo un dictador se va suicidando lentamente con sus propios hechos. Nuestra responsabilidad como intelectuales es evitar que se repita la dictadura, aunque en nuestros países muchas veces las dictaduras vienen disfrazadas de democracia.
¿Cómo ve hoy en día la situación de Latinoamérica?
Hay un florecimiento de la democracia en general, pero con modalidades muy diferentes en cada país. La izquierda no lo es tanto, o por lo menos sus representantes no están tan a la izquierda. Es como un ponerse al día para ser revolucionario entre comillas, dentro de un proceso democrático que, cuando empieza a rendir sus frutos, genera una reacción negativa en el mismo gobernante. Así es el Caribe.
¿Cómo ve la literatura de su país actualmente?
Es una literatura que va en crecimiento, no es una literatura imitativa. En muchos casos, es una literatura muy personal. Hay escritores como Ramón Francisco o Miguel Rueda que tienen una dimensión del idioma muy diferente a la que se usó durante largo tiempo. Estamos viviendo un proceso de renovación, porque la era de Trujillo le cerró los caminos al escritor dominicano.
¿Y la literatura joven?
La literatura joven busca su camino, principalmente la poesía. Porque hay novelistas jóvenes que tienen una literatura bastante moderna, pero la poesía joven está a la búsqueda de unos parámetros que, a mi juicio, no encuentran. Yo considero poesía a la que dice cosas, no a los florilegios. No creo que la literatura tenga que ser sí o sí realista, pero sí que deba llevar un mensaje.
¿Y cómo ve la difusión de la literatura dominicana fuera de su país?
Cada vez mejor. Desde la muerte de Trujillo lentamente algunos autores fueron saliendo. El problema que tiene nuestro país es la carencia de grandes editoriales. Argentina tuvo grandes editoriales nacionales desde el siglo XIX; nosotros no. Por eso dependemos más de la suerte, de que un editor extranjero se interese por nuestra obra; a excepción de Cuba, cuyo régimen siempre se ocupó de publicar a gran cantidad de autores. Éste es el talón de Aquiles de los escritores caribeños. La aparición de la internet también está favoreciendo la difusión de muchos de nuestros autores. Muchos buenos, y muchos no tanto. Es cosa de perder un poco de tiempo investigando (risas).
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