evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 14

 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Horacio González
por Damián Blas Vives
* Néstor: el presidente militante
por Gabriel Pandolfo
* Entrevista a Marcio Veloz Maggiolo
Por Damián Blas Vives
* Entrevista a Carlos María Domínguez
Por Damián Blas Vives
* Entrevista a Mario Sampaolesi
Por Roxana Artal
* Entrevista a Alejandra Zina
por Rosario Cervera
* Entrevista a Adrián Ignacio Pignatelli
por Jeremías Lynch
* Arte poética
por Juan Arabia
*

Selección de poemas
por Rubén Valle

* Intersticial
por Roxana Artal
* Ser sola es un estado
por Paula Aníbal Aguirre
* Los BLOGattis en envase chico
por José María Gatti
* Pasajera en trance
por Laura Mazzocchi
* Casi mañana
por Lucía Sorín
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* [ Un lado olvidado ]
por Luis Adrián Vives
* [ Evaristo Urbano Club ]
* [ Eva Metalúrgica y el Niño Proletario ]
* Entrevista a Leonardo Oyola
por Ángel Alza
* Del trabajo como una de las bellas artes
por Jeremías Lynch
* Entrevista a Sergio Boris
por Roxana Artal
* El primero domingo. Versiones y Reversiones
por Ornelio Gamone
* Sister Marianne. Marianne Faithfull &Marc Ribot "An intimate evening"
por Marcelo Sonaglioni
* Cuando lo oído no alcanza a escucharte
por Laura Mazzocchi

 

Néstor: el presidente militante
Prólogo. Lo bueno, lo malo y lo triste
por Gabriel Pandolfo
Foto: Alejandra López

No sin cierto oportunismo, en las últimas semanas apareció en las librerías la primera biografía de Néstor Kirchner. Néstor, el presidente militante, fruto de la pluma de Gabriel Pandolfo. El libro recorre la vida del gobernante más valioso que tuvo la Argentina en las últimas décadas, examina los puntos decisivos de su gestión de gobierno y se interna en su psicología, revelando las motivaciones personales y sociales que hicieron de él una figura paradigmática. Con una prosa atrapante, que se lee como una novela, aunque demostrando cierta vaguedad en lo ideológico y en todo lo concerniente a sus fuentes, Pandolfo va de lo público a lo privado y no deja tema sin tocar. Recorre sus comienzos como militante universitario en la ciudad de La Plata y simpatizante de Montoneros, cuando algunos de sus compañeros llegaron a pensar en asesinarlo; su romance y matrimonio con Cristina; su ascenso inesperado desde la gobernación de Santa Cruz hasta la presidencia. Su relación con los militares. Los derechos humanos. El enfrentamiento con Clarín. Las sospechas de enriquecimiento ilícito. Pero más allá de toda enumeración, el autor pone a la luz el gran sueño de Néstor Kirchner, el sueño que también hizo soñar a la Argentina. Una primera aproximación a una biografía necesaria.

 

 

"Ahora, mirado desde lejos, parece fácil", dijo Cristina el 11 de marzo de 2011.
Cuando Néstor asumió la presidencia, la Argentina no tenía ninguna capacidad de maniobra. Era un blanco fácil del que se seguían aprovechando especuladores, grupos económicos concentrados y sus gerentes políticos. Una coincidencia lamentable. Ellos no estaban crispados. Te­nían buenos modales, consejos cordiales y mucho mundo. ¿Qué podía hacer aquel extraño patagónico, desgarbado, con problemas de dicción y sólo el veintidós por ciento de los votos, para cambiar la pésima situación en la que se encontraba la gran mayoría de la gente?
El panorama no era alentador, sin embargo a él se lo veía feliz. Había empezado algo y nadie podía sospechar de qué se trataba. No había salido de su casa para dar un paseo. Tenía en su cabeza la loca idea de desbaratarlo todo. Con 53 años y sin ningún pasatiempo que atenuara su ansiedad, puso manos a la obra.
Al tercer día de asumir la presidencia descabezó la cúpula militar y pasó a retiro a cincuenta y dos altos man­dos. Recibió a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo en la Casa Rosada. Le puso fin a la Corte Suprema de la mayoría automática. Derogó la Ley de Reforma Laboral. Hizo quitar el cuadro de Jorge Rafael Videla del Colegio Militar. Transformó la esma en Museo de la Memoria. Derogó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Impulsó la apertura de causas de delitos de lesa humani­dad. Dio instrucciones precisas a la policía y al ministro de Justicia para que no se reprimieran las manifestaciones sociales. Incluyó a activistas sociales en la estructura del Estado. Instrumentó políticas productivas que generaron cinco millones de puestos de trabajo. Incluyó a dos mi­llones de jubilados en el sistema previsional. Desendeudó al país y obtuvo la quita histórica de 67.000 millones de dólares a los acreedores privados. Puso fin a la relación crediticia con el fmi, previo pago de la deuda con fondos genuinos. Reinstaló los convenios colectivos de trabajo. Promocionó la generación de empleo y el consumo, for­taleciendo el mercado interno. Le dio al Estado un prota­gonismo creciente e inició un proceso de reformas pro­gresistas. Instauró derechos sociales. Hizo de la vigencia de los derechos humanos y la lucha contra la impunidad un eje de su gobierno. Marchó contra las reformas de los noventa. Convirtió al país en un emblema de la integra­ción latinoamericana y de respeto a los procesos popula­res y democráticos. Desautorizó el aumento de los servi­cios públicos que pretendían las empresas privatizadas. Le cedió el puesto a su mujer, quien profundizó el mo­delo y, entre tantas otras cosas, impuso retenciones a la exportación de granos, estatizó los fondos de las afjp, cargó contra los monopolios mediáticos y recuperó el fútbol para todos. Instrumentó políticas anticíclicas con el fin de preservar la demanda interna. Se volvió a hablar de política en los bares, en los colegios, en las universi­dades y en la mesa familiar. Volvió a generar entusiasmo, inquietud y debate crítico.
Estuvo atento al reconocimiento de límites por medio de intuición, encuestas y certezas, no para ser complaciente con lo establecido sino para extenderlos.
Tuvo coraje, se arrojó a la experiencia de estar vivo, fue apasionado, un presidente militante, un conductor, un constructor.
Usó la política como herramienta para darle sentido social y transformador a la vida. Dio, según sus propias pa­labras, "la gran batalla de amor con la Argentina". Se apa­sionó por el destino del país. Fue pragmático cuando tuvo que serlo: "Teníamos que marchar haciéndonos fuertes".
Se hizo mala sangre. "Nos atacan por lo que hicimos bien, no por lo que hicimos mal." Y un día murió, tem­prano.
Todo quedó en penumbras por un rato. ¿Y ahora, qué?, se preguntaron los miles a los que les abrió los ojos y la cabeza. Un silencio grande se adueñó de la mañana. Fue uno de esos días malos. El día en que millones se sintieron solitarios.
Cada uno se conmovió a su modo. "¿Cuántos encon­traron súbitamente su verdad saliendo a la calle ese miér­coles?", se preguntó José Pablo Feinmann.
El no era perfecto. Cometió errores y tuvo debilidades, pero ¿qué era lo que lo diferenciaba del resto de la clase política?
No le daba todo lo mismo. Decía lo que pensaba. Asu­mía riesgos. Fue un trasgresor. Iba siempre para adelante. Su voluntad inquebrantable y su capacidad de trabajo no fueron doblegadas por el dolor del espíritu ni de la carne. Supo que no había tiempo que perder, se abrazó a los más humildes y comprometió a los que creyeron en él a no dar ni un paso atrás.
Sabía quién era y no estaba loco, pero la opinión del mundo poco le importaba. Tenía su propia visión y no jugó al juego de las apariencias. Su intención era hacer otra historia. No fue un aficionado del cambio. Creyó que se podía y lo hizo.
"Desde el primer día de mi militancia política, allá por los años setenta, cuando desde una participación política activa creí que la Argentina se podía cambiar, creí en un proyecto popular, con consenso, en una democracia con equidad, con justicia, con dignidad. Creí que era posible construir un país distinto. Esto fue lo que nos llevó a mu­chísimos jóvenes a participar activamente. [...] Todo resultó en una gran frustración", había dicho con la certeza de que finalmente sería superada la trama de errores del pasado.
También dijo que había entrado por la ventana y que lo iban a sacar con los pies para adelante. Fue una pena enorme que tuviera razón, que haya sido profético; él, que no había venido a traer la paz, sino a restituirle legitimidad a la lucha por reducir las desigualdades.
Dejó en marcha un proyecto de país y un sueño que no se acabó con él. En el desván de la historia quedaron el desprecio y el cinismo con el que lo maltrataron quienes pensaban diferente. Eso también se desvaneció como el humo.
Quedó su recuerdo vibrando en el aire. El recuerdo de alguien irremplazable. El recorrido de un hombre audaz con algo de niño. Una figura indispensable para entender la Argentina contemporánea de la que fue su protagonista absoluto. El más inesperado.

 


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